TU HIJO LLORA, Djokovic también.
- Silvina Jozami
- hace 3 días
- 4 min de lectura
Hay una escena que puede incomodar a muchos padres de jóvenes tenistas.
Su hijo pierde un partido.
Se sienta en el banco.
Empieza a llorar.
Y quizá lo primero que pensamos es:
“Tiene que aprender a ser más fuerte.”
O incluso:
“Si llora por perder ahora, ¿qué hará cuando la competición sea todavía más exigente?”
Pero quiero proponerte que miremos esa escena desde otro lugar.
Porque Djokovic también llora.
Y eso no lo convierte en un jugador mentalmente débil.
Llorar no es el problema.
Después de una de sus derrotas más dolorosas, Novak Djokovic terminó llorando, completamente desbordado por la emoción del momento.
Y resulta interesante detenernos aquí.
Estamos hablando de un jugador que ha ganado 24 títulos de Grand Slam, que ha disputado miles de partidos y que ha construido una de las carreras más extraordinarias de la historia del tenis.
¿Podríamos decir que es mentalmente débil porque en un momento de enorme intensidad emocional lloró?
Evidentemente, no.
Entonces, ¿por qué somos tan exigentes con nuestros hijos?
¿Por qué esperamos que un niño o un adolescente sea capaz de controlar perfectamente sus emociones después de perder un partido?
Quizá porque hemos confundido durante demasiado tiempo fortaleza mental con ausencia de emociones.
Y no son lo mismo.
Ser fuerte no significa no sentir.
Un jugador mentalmente fuerte puede sentir rabia.
Puede sentir tristeza.
Puede sentir miedo.
Puede sentirse decepcionado.
Puede incluso llorar.
La fortaleza mental no consiste en conseguir que esas emociones desaparezcan.
Consiste en aprender qué hacer con ellas.
Esta diferencia es fundamental.
Porque una cosa es sentir:
“Estoy muy triste porque perdí.”
Y otra muy diferente es convertir esa emoción en una conclusión sobre uno mismo:
“He perdido porque no sirvo para esto.”
“Soy malo.”
“Nunca voy a conseguirlo.”
“No tengo la mentalidad de un campeón.”
La emoción es una experiencia.
No es una identidad.
El verdadero peligro no son las lágrimas.
Imagina que tu hijo pierde un partido que quería ganar muchísimo.
Está enfadado.
Está triste.
Llora.
En ese momento quizá no necesita que le digamos:
“No llores.”
Tampoco:
“Tienes que ser fuerte.”
Ni siquiera:
“No pasa nada.”
Porque para él sí pasa algo.
Acaba de perder algo que quería.
Y tiene derecho a sentirse mal.
Lo que necesita primero es poder atravesar esa emoción.
Podemos empezar simplemente diciendo:
“Veo que esto te ha dolido mucho.”
Sin juzgar.
Sin intentar solucionarlo inmediatamente.
Sin convertir las lágrimas en un problema.
Porque cuando dejamos espacio para que la emoción exista, también estamos enseñando algo importante:
puedo sentirme mal y seguir estando bien.
Primero sentir. Después aprender.
Hay otro error frecuente.
Queremos analizar el partido inmediatamente.
“¿Qué pasó en el segundo set?”
“¿Por qué dejaste de atacar?”
“Tenías que haber hecho…”
Pero quizá ese no es el momento.
Cuando la emoción está muy alta, el jugador necesita primero recuperar cierta calma.
Después podremos hablar.
Después podremos analizar.
Después podremos preguntarle:
“¿Qué aprendiste?”
“¿Qué harías diferente la próxima vez?”
“¿Qué estuvo bajo tu control?”
Ahí comienza el aprendizaje.
No en intentar eliminar la emoción.
Sino en aprender a atravesarla y volver.
Esto también es entrenamiento mental.
Cuando hablamos de entrenamiento mental, a veces parece que estamos hablando de conseguir jugadores que nunca se enfaden, nunca tengan miedo, nunca duden y nunca lloren.
No es eso.
El objetivo no es fabricar jugadores emocionalmente impermeables.
Es ayudarles a desarrollar recursos para responder mejor cuando aparecen esas emociones.
Porque la competición va a seguir generando emociones.
Habrá partidos que dolerán.
Derrotas inesperadas.
Oportunidades perdidas.
Momentos de presión.
Partidos que parecía imposible perder.
Y el jugador tendrá que aprender a convivir con todo eso.
Por eso la fortaleza mental no se construye evitando las emociones.
Se construye aprendiendo a relacionarse con ellas.
¿Qué podemos hacer como padres?
La próxima vez que tu hijo pierda y aparezcan las lágrimas, prueba algo diferente.
En lugar de intentar cortar la emoción, acompáñala.
Puedes decir:
“Sé que querías ganar y entiendo que estés decepcionado.”
Y cuando haya recuperado la calma:
“Cuando estés preparado, podemos hablar de lo que pasó.”
Ese pequeño cambio puede modificar completamente la experiencia de una derrota.
Porque tu hijo empieza a entender que perder no significa que haya algo malo en él.
Que estar triste no significa ser débil.
Y que llorar no significa que no tenga mentalidad de campeón.
Djokovic también lloró.
Y al día siguiente, el mundo siguió.
Su carrera no desapareció.
Su fortaleza no desapareció.
Su identidad como jugador no desapareció.
Simplemente fue un ser humano atravesando una emoción muy intensa.
Y nuestros hijos también lo son.
Por eso, quizá deberíamos dejar de enseñarles que tienen que sentir menos.
Y empezar a enseñarles a gestionar mejor lo que sienten.
Porque la verdadera fortaleza mental no consiste en no romperse.
Consiste en aprender a recomponerse.
Y eso, igual que una derecha, un saque o una volea...
también se entrena.
Si sientes que a tu hijo le cuesta gestionar la frustración, la presión o las emociones durante la competición, podemos trabajar precisamente esas habilidades.
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Silvina JozamiEntrenando la mente del competidor imbatible



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